Cine

¿Snow who…?

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¿Alguien recuerda a Blancanieves? Sí, sí, la más bella entre las bellas, blanca como la nieve, con el cabello tan negro como el ébano y los labios tan rojos como la sangre. ¿La recuerdan? Pues olvídense de ella y piensen en Bella, la novia del vampiro de Twighlight, sí, la mujer mueca, la del ceño fruncido. That´s her. Ahora engánchenle unos pantalones pitillo de cuero y lo que alguna vez fuera un vestido y ahí tendrán a la última Blancanieves made in Hollywood (yo personalmente la llamo Miss Mordor 2012), heroína de la nueva versión del cuento de los hermanos Grimm: Blancanieves y la leyenda del cazador (Snow White and the Huntsman), dirigida por el inglés Rupert Sanders, quien con este título debuta en el largometraje.

Hayao Miyazaki debería demandar a la compañía o a la persona que le hizo a Rupert Sanders el húmedo y arcádico bosque donde su princesa Blancanieves es ratificada como la elegida, pues evidentemente el responsable (quien quiera que haya sido, de nada sirve meterse en los extensísimos créditos a rastrear un nombre que nos dirá poco, ni siquiera por la tentación de volver a escuchar a Florence Welch) vio acuciosamente La princesa Mononoke (Mononoke Hime: 1997) y no tuvo reparos en «inspirarse» para dibujar bosque, habitantes y espíritu tutelar en la nueva versión del cuento de hadas: Snow White and the Huntsman (2012). Que alguien me cosa la boca si no se asemejan sospechosamente los hongos cíclopes de la foresta de Blancanieves y la leyenda del cazador a los kodamas de Miyazaki y el ciervo blanco al pie del gran árbol al kami del bosque en el largometraje japonés. Pero en fin, todos tenemos noches estériles, y claro, quién iba a acordarse de un pobre director japonés ganador de un León de Oro, ¿no? Por otra parte, vivimos en la era del posmodernismo, ¿tiene sentido hablar de «copias» y «plagios»? En cualquier caso, la referencia (llamémosle así) es indudable. Esa y otras que pululan por el ambiente dejando un tufillo a ajiaco recalentado difícil de superar. A mitad del metraje… ¿mitad?, ¡no, me equivoco!, desde el punto en que Blancanieves abandona el castillo todo comienza a parecerse demasiado a la Tierra Media de Peter Jackson y uno a confundirse de película y creer que en cualquier momento por ahí aparecerá Aragorn (a Gollum sí me pareció haberlo visto, por cierto). Las escenas finales de Blancanieves les evocarán a todos inevitablemente El retorno del rey.Los puntos en común que tiene esta nueva versión del famoso cuento de hadas con la trilogía de El señor de los anillos (The Fellowship of the Rings, 2001; The Two Towers, 2002; The Return of the King, 2003) son varios, desde la ubicación del relato en un horizonte fantástico sin marcos espacio-temporales precisos, aunque su cualificación visual nos remita a Occidente, y al Medioevo —la desubicación, más bien—, y poblado de criaturas de la mitología nórdica, dígase enanos, trolls, etc., hasta la deuda a nivel visual con aquella fotografía épica fundamentalmente lóbrega, de planos generales y aéreos que en su peregrinar por la geografía del reino y observarla amenazante e inmensa en relación con los sujetos sugería la inaccesibilidad de la misión que tenían estos por delante. Era natural, en cierto sentido, que Blancanieves bebiera de la trilogía de Peter Jackson, en tanto esta última se ha constituido un precedente para el cine épico que se ha venido haciendo en los últimos años. Había que convertir el ultramasticado cuento infantil en una epopeya entretenida y llena de puntos de giro, suspiros y saltos de la butaca, a tono con las nuevas tendencias del cine de aventuras, además, qué mejor que coger recorte, o sea, tomar lecciones de una buena biblia (incluso de una que ya tiene diez años de distancia). ¡Qué decepción constatar que esto no es más que reciclaje sin aderezo!Si hacemos memoria, en la estructura del cuento de hadas o de los relatos épicos más clásicos de la cultura occidental había una fórmula básica, que obviamente el cine épico heredó: el camino del héroe estaba signado por los escollos, cada uno más difícil del anterior. ¿Dónde están los escollos en esta película, escollos contundentes digo, como para mantener a una sala entera de cristianos en vilo durante dos horas? Y, sobre todo, no puede ser que todos los obstáculos y bestias de este mundo terminen vencidos con una mirada de Kristen Steward, quien, siendo realistas, no es precisamente un pozo de emociones (sé que esto no debería decirlo so pena de sonar superficial, pero entre nos, Charlize Theron no debería estar tan preocupada, ¿en qué noción de verosimilitud cabe que la rebelde Kristen pueda sobrepasar su belleza?). ¿A dónde fue aquello que siempre mencionan, llamado factor sorpresa? En el género de cine que nos ocupa, este es un elemento que hay que cuidar sobremanera, pues es la única carta disponible. Si tu película no vende reflexión ni sentimiento, lo mínimo que deberías darle a tu público es espectáculo, espectáculo que lo sorprenda. Pero nada de eso. Ni siquiera mataron a alguien de los buenos a quien pudiéramos llorar como a Boromir en La comunidad del anillo ni nos dejaron el privilegio temporal de adivinar cuál de los dos galanes se robaba el corazón de la princesa. El título del filme ya aclaraba cualquier posible duda sobre el triángulo. En ese sentido es que no me convence la escena final, la coronación de Blancanieves y la entrada a cuadro bajo perfil del cazador, pues no puedo dejar de preguntarme el significado de aquella mirada de Kristen Stewart y aquel un mohín ambiguo que pretendía ser sonrisa y no llegaba a serlo (¿o es que no  entendí  que así sonríe la actriz?). ¿Quién no tenía claro qué quería plantear con el último plano? ¿Fue Rupert Sanders o fue Kristen Stewart, que no agarró lo que el director le estaba pidiendo? Hemos de suponer que aquello no quería decir más que «Cazador, eres el elegido», aunque hemos de objetar, por otra parte, que no estuvo de la mejor manera planteado: el cazador al fondo, al margen de la celebración, repitiendo vestuario y estrenando actitud triunfante, y Blancanieves que lo mira no exenta de cierta malicia. William, por su parte, ocupaba ya un puesto privilegiado en el salón. Wait wait wait… Aquí hay algo que no se nos aclaró. ¿Qué estamos presenciando? No es que esperara exactamente que la película terminara con el feliz matrimonio del salvador y la princesa, no hubiera sido lógico ni coherente con esta versión «adulta» del cuento, sin embargo, ¿no se merecía el pobre hombre al menos el título de caballero? ¿O era eso demasiado trillado? Probablemente; es que estaba yo teniendo demasiado presente a Lancelot. Alguien me dirá si de cualquier modo no era ello mejor que este final impreciso que lo único que trajo a mi mente fue: «Cazador, no te preocupes, nos vemos en mi alcoba» —¿hace falta que especifique quién lo dijo?—. Quizás estoy exagerando y esto es puro ensañamiento, pero esta fue la peor de las codas, quizás hacía falta el beso final. Porque estamos acostumbrados, porque a fin de cuentas, con todas las subversiones, esto sigue siendo un cuento de hadas, y qué cuento es ese sin el and they live happily ever after. No, ni eso nos dejaron.
El desenlace de Blancanieves y la leyenda del cazador fue uno solo: tedio y dolor de espalda. El balance general resumible a esto: aguantamos estoicos amarrados a la silla porque pagamos la entrada y con la única expectativa de presenciar cuál sería el próximo atuendo del armario de Charlize Theron, que, dicho sea de paso, es lo único que vale la pena en esta película.

 

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