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El que mucho abarca…

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El fondo de Elefante blanco (2012) es un imán, un as de triunfo. Las figuras del centro el por qué una potencial gran película termina siendo otra crónica latinoamericana de sus márgenes sin suspiros ni aplausos y otro largometraje en la obra de Pablo Trapero para el que tengo un pero.

En Elefante blanco tres personajes coinciden en la villa bonaerense de Ciudad Oculta, un arrabal desarrollado al pie de un gigante muerto: el inmueble nunca inaugurado de lo que habría de ser el hospital más grande de Latinoamérica. Esta vez Pablo Trapero repite con Ricardo Darín y Martina Guzmán, la pareja protagonista de Carancho (2010). Ella, su esposa en la vida real e indiscutiblemente su actriz fetiche, vuelve a ser esa mujer frágil, con aura de tristeza y vocación de servicio que era Luján (no por gusto el nombre de virgen) y ahora se llama Luciana, trabajadora social que al parecer apaga el drama de una vida solitaria acercándose a los bordes de su zona segura, rozando un mundo pobre que amanece y se duerme entre las balas. Darín tiene un rol muy distinto esta vez. Sacerdote a cargo de la parroquia de la barriada, Julián, su personaje, lleva años construyendo una misión en la villa, ha conseguido ganarse el respeto de los vecinos y el derecho de abogar por ellos ante las autoridades eclesiásticas y políticas locales. Julián ha intentado siempre mediar con contención y cabeza fría para cuidar un proyecto mayor que el de resolver algún conflicto de calles momentáneo: la presencia de la misión en la villa, el refugio y la opción de cambio que representa; solo que algunas veces es muy difícil no involucrarse en ciertas cosas, a veces se precipitan de una manera que es imposible no hacerlo. Por último, entra a completar el trío de protagónicos el actor belga Jérémi Renier —a quien probablemente recordaremos de El niño (L´enfant: 2005), el emblemático filme de los hermanos Dardenne—, que interpreta al sacerdote Nicolás, discípulo de Julián y su contraparte, el pupilo apasionado del maestro, portador de caos a su proyecto.

Con estas piezas montadas, Trapero parece homenajear al sacerdote Carlos Mujica,  asesinado en 1974 en circunstancias no esclarecidas, y a aquellas personas que dedican sus vidas a brindar ayuda. Parecía un buen principio. Dos sacerdotes, una buena mujer y una gran tarea. Tres cristianos (asumiendo deliberadamente que Luciana también lo es para que esto quede más bonito) haciendo el bien sin miedo a la muerte en tierra de bandas, narcotráfico, asesinato, carencias y lluvias inclementes. En ese escenario, la diégesis de Elefante blanco se puebla de episodios valorizables, interesantes no solo como traspatio y soporte de la historia central sino como documentos en sí mismos con atractivo suficiente como para seguir sacándole lasca. Ello no sería problemático si los tres buenos samaritanos que tenemos al frente de esta historia no fueran tres esbozos que nunca llegan a concretarse figuras. Pero tenemos aquí unos personajes que no alcanzamos a redondear, hombres a medio coser con conflictos intermitentes (Nicolás especialmente), que no convencen ni emocionan y que no parecen sufrir en toda la película mucha evolución. Esa realidad que les sirve de fondo, con sus pequeñas lozas (las bandas y sus guerras, el tratamiento y entierro que le dan a sus muertos, las reglas que se fijan para su convivencia, sus escondrijos, sus capos, en medio de todo la policía, y la gente que intenta vivir una vida normal en esa ciudadela peligrosa e infinita que es lo único que conocen), de un realismo aplastante, se los traga. Que esto suceda un poco se entiende, Trapero se ha metido en una realidad magnética y generosa en dramas que a cualquiera dejan tieso y su ojo, como el nuestro, se encandila con los pasillos de ese barrio laberinto. Cuando viaja al interior de los hombres que debían sostener y narrar esta historia, en cambio, se nubla. Un mural épico de los que se ven en la calle al que le falla el acabado en las caras de sus héroes. Y termina aquí cualquier posibilidad de extraer, de este palimpsesto, una tesis. En otras palabras, Pablo Trapero, nunca supimos a dónde querías llegar o qué nos quisiste decir con todo esto. ¿Te suena aquello de que quien mucho abarca poco aprieta?

Pd.: Amén de todo esto, porque he seguido su trabajo desde siempre y lo admiro, quiero precisar que Trapero es un director que sabe peinar la realidad y agarrar sus buenas gangas, si algo no puedo negarle a su carrera son los buenos temas, las buenas premisas, la sensibilidad. Por otra parte, rescato la obstinación con que se ha mantenido filmando una Argentina dura, problemática y de sino trágico (haciendo memoria, creo que no es lo más usual en el cine de esa nación), con un realismo y una objetividad admirables. Siempre he sentido que su obra convoca todavía aquello a que convocaba el Nuevo Cine Latinoamericano, a tantos años de distancia de aquel movimiento, y que en cine es el traje que mejor nos queda a los latinos: el de autores incómodos. Y no es una prenda fácil de llevar.

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