Hablando como los locos

Pienso, luego no escribo

Si en el mismo fin de semana te toca ver Ruby Sparks y Being Flynn (la presencia de Paul Dano en ambas es meramente accidental) y llevas horas halándote los pelos frente a la primera oración de un texto incierto, entonces terminas pensando como yo: «No soporto las películas de escritores aspirantes». Como relatos de iniciación a fin de cuentas despliegan, most of the times, seres quebrados que finalmente vislumbran un camino de luz por la fuerza de su voluntad terca y obcecada de defender el sueño; y tocados por la inspiración, que en forma de acontecimiento revelador, o de otro personaje, aterriza a sus vidas como heraldo divino para darle un golpe a la mediocridad que casi todos llevamos latente. En esas películas la vocación triunfa sobre la apatía, la flojera, el sueño y el hambre, el apagón de ideas y el terror de la página en blanco y del fracaso. Y, lo que es peor, la certeza de la falta de talento. No, en las películas de escritores nadie carece de talento. Nadie cuenta que aquel muchacho que parecía dotado, que parecía saber lo que casi todos descubren tarde: qué hacer cuando sea grande, abrió los ojos a la aplastante realidad de no estar hecho para excelsas tareas como la de escritor de nombre, uno de los buenos, y decidió buscar una profesión normal, mejor compatible con las necesidades mensuales: el alquiler y los servicios, el  supermercado, la cena afuera del fin de semana… un oficio de esos que aparecen listados y validados en la mente del groso de la población media (léase maestro, doctor, abogado, ingeniero, carpintero, albañil, etc.). Nunca olvidaré el episodio que le leyera a Cabrera Infante en La ninfa inconstante, aquel parón que le diera la funcionaria de la Biblioteca Nacional al protagonista, un crítico de cine aspirante a novelista que llenaba los datos para solicitar un carnet de asociado y escribió escritor como profesión; la recepcionista lo llamó a capítulo entonces especificando que no existía profesión tal y con el corrector que toda secretaria de este mundo que se respete tiene a mano corrigió y sobreescribió periodista. Pero supongo que para el cine es más fácil vendernos una historia inspiradora, por qué presentar gente que se rinde cuando hay quien se sobrepone y triunfa (una mínima parte de todos los cristianos, claro, ¿pero quién dice que hay que buscar la generalidad y no la excepción? ¿El cine no nos ha enseñado que en parte se trata de reconocer y potenciar fragmentos espectacularizables de la realidad?). ¿Y a quién le interesa comprar una odisea del fracaso? El cine, con aquel rollo que nos explicaron en clases de la identificación y el reflejo y la pantalla espejo, es nuestra píldora del escapismo. Creemos ser otros. Y por esa hora y media o dos horas o dos horas y media que dura el efecto uno se engaña pensando que ese buen final es el final que nos toca a todos y respira tranquilo porque siempre queda tiempo, ya que de escritores habíamos empezado a hablar, para escribir el gran libro de tu vida. Señores, ¡qué gran mentira! Ojalá la vida fuera tan generosa y premiara los pasitos ciegos que damos todos los días en pos de convertirnos en lo que queríamos. La gran mayoría de nosotros no pasará de un sillón en una oficina, tal vez, si corremos con buena suerte, un sillón en una revista o en un periódico donde, si queda tiempo después de todas las comas por añadir y las mayúsculas por bajar y las eses en la conjugación de la segunda persona del singular (—¿Cómo me dijistes que se decía? —Sin ese, ah, ok, di-jis-te».) por quitar y las notables divergencias entre el guión y la raya (que no «guión más largo»), firmaremos un artículo en la edición especial de aniversario o en la dominical según se trate el caso —sin ánimos de faltarle el respeto a nadie, pero está claro que entre la crítica de la exposición de turno en Bellas Artes o del estreno del Yara y Tres tristes tigres cabe el Atlántico—. Y esto es, como ya decía antes, con buenos vientos a favor, la mayoría de nosotros terminará limitada a la pequeña alegría de un comentario en Facebook de envoltura cultural (Facebook es el espacio donde si bien se magnifican nuestras frustraciones, también encontramos un canal de desahogo para otras en vistas de que allí todo tiene público y, claro, los que estudiamos humanidades siempre escribiremos un poquito mejor que los demás así que a ciertos amigos siempre les parecerá maravilloso, revelador, profundo). Algunos también dirán que siempre nos queda la alternativa del blog y que ese es hoy El medio, la plataforma decisiva, quién no está en la Red no existe y la Red va a sustituir a las publicaciones impresas y ese es el futuro de las letras… Podría ser… Quién sabe… Aunque sería mejor no llamarnos a engaño, ¿de Cuba qué puede venir después de Yoani Sánchez? La nada cotidiana y nada nuevo bajo el sol, ¿no? Y qué pasa si nuestro pequeño sogno nel cassetto era el de un libro, y su bautizo con un presentador que es buen colega y trae un papiro de diez hojas sobre tus virtudes, un papiro lleno de adjetivos sonoros y bonitos y raros porque, claro, también él es escritor y un artista de la palabra, que lee con su voz emocionada y su dicción perfecta. Y después la gente aplaude y te reverencia y tú agradeces desde tu sillón protagónico con oraciones de modestia (a algunos, más tarde, los compensarás con un abrazo). Resígnate. No va a suceder. No a ti que eres vaga y pesimista e inconforme. Soñaste el fin sin haber pasado por lo más duro: escribir, poner en orden tus ideas, sacar el tiempo y escribir día y noche, sin pero que valga, con voluntad y paciencia pétreas. En lugar de eso, te desgargantas llamando a la vieja musa y línea que escribes es línea que borras porque tienes ídolos demasiado difíciles de copiar y quieres ser como todos ellos juntos y mejor, pero nunca terminas nada. En lugar de eso te deprimes y en las horas muertas de autobús piensas en lo que escribirías, aunque nunca te atreves a coger papel y lápiz porque ya visto en la hoja todo te suena feo. No tienes el valor para pasar de esa etapa. Por eso piénsalo dos veces antes de tirar la pulla contra el libro de fulano, que parir un libro nunca es fácil y muy posiblemente tú nunca escribirás lo que escribió, por flojera, por sueño o por hambre o por el apagón de ideas o el terror de la página en blanco y del fracaso o sencillamente por la certeza de la falta de talento. Aunque me pregunto, ¿cómo puede existir tal certeza sin haber probado? Ninguna página escrita debería ser peor que una vacía ¿cierto?

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2 pensamientos en “Pienso, luego no escribo

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