Cine/Hablando como los locos

Sí, el cine lo aguanta todo

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Cada noche en Internet, ante el dilema de escoger una película, el Italiano y yo nos volvemos buzos. Rastreamos fichas y páginas y vemos rigurosamente el  tráiler de cada título o poster que nos interese (sin que esto sea garantía de nada, abundan los buenos tráiler de películas malas, así como películas cuya inmensidad se resiste a ser evaporada en solo unos minutos). A veces nos cuesta más de una hora decidirnos. Finalmente, se hace tan tarde que terminamos optando por la opción más corta y más llevadera para esas hora en que el sueño hala más que el interés.

Lo de ayer fue esto: Hello I must be going (Todd Louiso, 2012), cine romántico en envase indie. Lo sé, aquello decía «peligro» con todas sus letras (el cine independiente ha sido más atinado en su vertiente ácida; la romántica, en cambio, ha dejado demasiado espacio a la ñoñería), pero el ser humano es un animal porfiado que tropieza una y dos veces con la misma piedra, esa soy yo tropezando con Like Crazy (Drake Doremus, 2011) y con Ruby Sparks (Valerie Faris, 2012), para mencionar solo lo más fresquecito de mi larga lista de últimos fiascos. Aunque si lo pienso, algo justifica mi habitual falta de criterio para seleccionar películas decentes a las 11 pm en días laborables, es igual que cuando hay que comprarse el vestido para la fiesta de mañana, te dieron las mil y quinientas y ya estás cansada de buscar, agarraste lo primerito que te pusieron enfrente—.

Y esto es lo que cuenta: Amy ha retornado a la casa de sus padres tras su separación, donde vegeta y se regodea en la catástrofe. Hasta que le cae del cielo una relación. Un chico menor que ella, un romántico a medio camino entre el joven Werther y el Graduado, la enamora. A partir de este punto todo cambia. Este es un drama constructivo que narra cómo se puede salir del abismo, de la desidia y el conformismo (ah y de las kilocalorías extras de comida chatarra) post ruptura por medio de una relación nueva, o sea, el veterano remedio de un clavo saca a otro, otra vez o sea, la veterana teoría de la tablita de salvación (a veces la aconsejo, a veces no). Como en tantas películas del género, su relación veraniega sirve no solo para llenarle un vacío temporal al personaje, sino para replantearse su vida, encaminarla, cerrar capítulos inconclusos (hasta una tesis pendiente que andaba rondando por ahí). En fin, ¿cuánto más necesita una que le digan que todo se arregla rápido, así, por obra y gracia del sexo y la voluntad. Ojalá la vida real fuera tan fácil de desenrollar como lo hace un libro de autoayuda, tal cual lo hace este largometraje, pero así llevamos años de engaño voluntario con el cine, con este tipo de cine, quiero decir. Y que estuvo en la selección de Sundance en el 2012 nada significa porque todos sabemos que Sundance es un largo, larguísimo saco donde hay de todo como en botica: hay aciertos como Beast of the Southern Wild y hay malogros como Hello I must be going, una película que no tiene claro a dónde quiere ir, si hablar del romance cuando hay diferencia de edad o rozar el tema para darnos unos tips de cómo recuperar la autoestima después de los treinta, mujer divorciada, sin oficio, patito feo, sin voz ni voto en tu familia. Y que Sundance ha sentado un modelo de comedia romántica que puede ser tan tópica como una comedia de la industria, y se vende como diferente pero no es mejor. Un personaje singular, a veces torpe, distraído, siempre incomprendido; sí, el mundo que lo circunda está sembrado de gente práctica, superficial y equivocada: en Hello I must be going, por ejemplo, el marido de Amy es un villano que nunca la quiso, la madre una self sufficient bitch cuya razón de ser es hacerle la vida un yogur a la hija gordita, el hermano el hijo virtuoso al que todo le sale bien en la oficina y en casa, lo cual deja a Amy con pocas alternativas ante el espejo, y el padre, un acartonado buen páter familias, revela que también él lleva su cachito de egoísmo. Hay caras familiares: vemos mucho a Paul Dano y a Joseph Gordon-Levitt, por suerte, escasas veces a Ashton Kutcher. Se escucha única y exclusivamente música indie: cantautores de poco disco (mujeres, sobre todo), de esos que no sabes si conoces o es que se parecen a alguien. El argumento alterna, pero la mirada es siempre jovial y un tanto naif. Hello, everybody: aquí está todo «Hello, I must be going». Nada que añadir.

Leí en Filmaffinity que Hello I must be going dura noventa y cinco minutos. Postrada en el puf, entre breves cabezazos, a mí me pareció más larga que La hora de los hornos. Larga y gratuita. Nada, que el cine, como se decía del papel, lo aguanta todo. Lo que no aguanta todo es la paciencia humana. Menos el sueño. Una vez más me levantaré con ojos ahumados, la versión original —¡qué diga!, natural—. Este hábito de no acostarme antes de los créditos (que inteligentemente no siempre comparte el Italiano) o de no acostarme sin siquiera intentarlo con un filme por noche, me ha causado más ojeras que regocijo. Es un malísimo hábito, pero ya viejo… y los viejos hábitos, como diría Mick Jagger, die hard.

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