Autores/Cine

Ang Lee meets Esopo

Nunca he ido a la India. Apenas he viajado. Pero he ido más de la cuenta al cine. A veces eso ayuda a hacerse de una visión sobre las cosas que no conocemos (buena o mala, es algo; y algo es mejor que nada). Hecha esta salvedad, puedo ir a lo que iba. Que siempre me ha parecido que filmar en la India o sobre la India es ya una primera ventaja. Demasiados colores. Un poco de aderezo para nuestros ojos que han visto de todo y de todas las variedades del gris. Parece mentira, pero siglos después de que los primeros pintores occidentales comenzaran a enamorarse de la panacea sensorial de Oriente, nosotros, espectadores del siglo XXI, muchos libros y películas después, somos tan mártires del encanto exótico como Ingres cuando descubrió los turbantes turcos. Con este ánimo me senté a ver La vida de Pi (Life of Pi: Ang Lee, 2012) en mi hora de almuerzo de lunes a viernes, dispuesta a sacrificar dos sesiones de mi habitual Sex and the City por Slumdog Millionaire, the sequel. Eso pensaba yo. ¡Qué lejos estaba de la verdad! Como ya todos sabrán, setenta por ciento de película tiene lugar en el océano (en realidad un estanque con olas a golpe de turbina), otro veinte por ciento en Canadá y solo un diez por ciento en la India (naturalmente, se trata de aproximados); pero que no cunda el pánico, tenemos la música que a todos nos complace por las dos horas y un poco de danza y de trajes típicos y unas migas de folklor religioso a orillas del Ganges, esa materia de la que hablaba antes y que nuestras pupilas periféricas de educación occidental siempre agradecen. Ah, ¡perdón!, ¿ya dije de qué va esto? Un adolescente y un tigre de Bengala comiéndose un cable en una chalupa de emergencia (había una vez un barquito chiquitico que no podía, que no podía, que no podía navegar…), cual Robinson y Viernes, solos, con todo el mar por delante (y por todas partes). Imagínense lo demás.La vida de Pi 01Lógicamente, esto termina siendo un relato de aprendizaje, y entendido como tal es modélico, como lo fue en su momento El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no Kamikakushi: Hayao Miyazaki, 2001). Una vez más el Bildungsroman. Qué sería de mí sin Joseph Campbell y El héroe de las mil caras —gracias a Dean Luis Reyes, mi tutor de tesis en tiempos universitarios y un crítico extraordinario, quien me recomendó este libro, arma para todas las guerras, biblia para tantos largometrajes de aventuras—. Como haría un Miyazaki, Ang Lee deja al héroe a su suerte (por demás un adolescente, la edad preferida de las novelas de formación) y le llena el camino de guisasos. Privado de todo cuando era importante (el hogar, la familia…) el protagonista, un muchacho curioso que desde pequeño ha estado buscando en qué creer y qué camino tomar, desanda en la adversidad hasta encontrar la vía justa. Lo que venía buscando desde pequeño: «Algo que le diera sentido a mi vida», manifiesta en algún momento el chico, a quien desde temprano monopolizaban grandes cuestiones: ¿quién es Dios? ¿Cómo y dónde encontrarlo? ¿Se puede tener fe aun no hallándolo donde habitualmente lo hacen otras personas? ¿En una misma congregación? ¿En una sola de sus representaciones? Como era de esperarse, el Pi niño, víctima de la contaminación cultural de una Pondicherry que compartían europeos, musulmanes e indios, había encontrado la fe y hecho de ella un pasticho. Más tarde, un Pi adolescente que se ha puesto a leer nada más y nada menos que El extranjero (¡qué otra cosa si no!) parece haber perdido el rumbo y en pleno estallido del diluvio universal en altamar desafía a Dios como quien no quiere la cosa. Y dice un viejo proverbio que no hubo lengua que habló que Dios no castigó. En una escena de cierto sabor bíblico (no sé por qué me trae a la mente la historia de Jonás), el mundo de Pi se hunde y su fe es puesta a prueba. De modo que, obviamente, tras la aventura en el mar la recupere y aprenda a convivir contento con su pasticho politeísta. Y por qué no, vivimos entre posmodernismo, globalización y New Age, cada uno puede escoger cuál es el Dios que quiere invitar a su casa. Supongo que es la conclusión que uno debería sacar de esta historia. Yo personalmente no hubiera involucrado a Dios en mi película. Me hubiera limitado a filmar la historia formativa. Todos alguna vez en la vida emprendimos un viaje que nos apretó el corazón y nos ensanchó el espíritu, nos íbamos a sentir reflejados y nos iba a bastar. Más esto es lo que hubiera hecho yo, que no soy ni narradora ni cineasta, así que esta opinión cuenta poco. Y en definitiva la culpa no habría que echársela a Ang Lee, supongo, sino a Yann Martel, el autor de la novela que originó este largometraje.

Vale notar que el océano deviene el perfecto escenario para albergar una historia sobre el crecimiento espiritual. Por una parte por lo difícil de luchar por la supervivencia en un espacio que no es tu hábitat natural, aún más en el mar, que es de los monstruos naturales uno de los más feroces (no por gusto Poseidón era un dios colérico). Quizás por eso tantos relatos modulares de nuestra cultura (el de Ulises, el de Jasón y los argonautas, etc.) acontecen en el mar, «universidad del oleaje», como alguna vez anotó Neruda. Lo duro que es vencerlo dispara las dimensiones de la prueba. Como también las del triunfo. Por otra parte, el mar es, para una criatura de tierra, prácticamente la nada, un peligroso limbo entre la partida y la llegada, o sea, una zona de tránsito, nunca un destino. El recurso es perfecto para un personaje que está, en efecto, navegando hacia la madurez.La vida de Pi montaje 3De lo que más se ha hablado concerniente a La vida de Pi es de sus grandes logros visuales, de cómo la técnica en manos sensibles tocó la poesía para dar lugar a una obra maestra. Puede ser que la película de Ang Lee devenga un clásico de la evolución técnica en el cine, como en 1999 lo fue The Matrix (1999), que todos habrán visto y recuerdan, a lo de obra maestra, no obstante, sugiero darle una revisadita. Esta es una película donde sí, la belleza fotográfica está a la orden del día —aunque deje esa impresión de falsía, de irrealidad en definitiva, que a menudo acompaña al hiperrealismo—. Hay que decir que a una buena composición le tiran un cabo los buenos lentes del cine hoy, gran profundidad de campo y gran sensibilidad para la luz, por ende, mejor registro de tonalidades. ¡Pero qué estoy diciendo!, los resultados plásticos finales (el dramático dorado de las puestas de sol en los momentos más duros de Pi, por ejemplo) deben haberlos fabricado en las computadoras de Rhythm & Hues (una de las compañías que brillantemente ayudaron a Ang Lee a materializar un proyecto espinosísimo que tomó años, la compañía que fue a la quiebra y nadie mencionó en el estrado de los Oscar con la estatuilla en mano). Un chapisteo efectista a la luz real que filmaba en el estanque Claudio Miranda, director de fotografía. Las que probablemente no necesitaron retoques fueron las escenas costumbristas indias de la primera parte del filme, las más convencionales, sí. Planos atesorables, para mí, aquellos donde se confunden agua y cielo, como aquel desde el fondo donde el tío de Pi parece volar y no nadar en una pileta comunitaria. En apariencia anodinos, vienen a ser complemento ideal para una diégesis que juega con la verdad y la versión, los espejismos en la narración.

La vida de Pi es la clásica película que uno quiere ver el domingo por la tarde para relajar después del almuerzo. Es entretenida, ágil; no te hace pensar demasiado, no te da problemas. ¡Se puede pedir más! Aunque sí debo confesar que la conversación del Pi adulto con el escritor insulso, televisivamente interpretado, me entretuvo poco: sentía quebrarse el fluir de la historia pesante, la que realmente nos interesa y un tanto innecesario ese constante reflexionar sobre lo que ya vimos al calor de la aventura (no necesitamos que nos verbalicen y expliquen todo el tiempo todo). Es de rescatar en esta cinta, también, esa especie de bondad en la mirada que, como en buena parte del cine de Ang Lee, nos torna sereno el visionaje. Como si detrás de la cámara hubiese una persona solidaria con sus personajes. Ang Lee, como el Dios que clama Pi en medio del aluvión, aprieta pero no ahoga. Esto es la antítesis de lo que se siente, por ejemplo, en un Michael Haneke (descuenten Amour), en un Giorgos Lanthimos o en un Lars Von Trier, para quienes el reino de este mundo no tiene solución y los personajes no tienen segundas oportunidades. Si Ang Lee fuera Lars Von Trier, si escribiera su guionista como Lars Von Trier, Piscine Molitor, más conocido como Pi, habría sido llevado a la muerte porque este mundo indigno condena a los buenos. Y que diga lo contrario la Bess de Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1996), uno de los personajes más hermosamente nobles que la mente infinita y a ratos retorcida de Von Trier entregara al cine contemporáneo. Sin embargo Lars, con todo y su maldad, había sabido atrapar en Rompiendo las olas, una película que también traía a Dios a colación, al siempre inaprensible parafraseando una sentencia que llevamos años oyendo los cristianos. ¿Que cómo encontrar a Dios? Amen. Lo dijo Jesús. Y nosotros, que con una furtiva lacrima habíamos presenciado al sacrificio de Bess, convinimos en que si había gente a la que El alquimista le había cambiado la vida, podíamos creer en Dios gracias a Lars Von Trier. Y es aquí donde no puedo evitar las comparaciones. La película de Ang Lee casi se jacta de que nos va a hacer creer en Dios (coloquémonos en el asiento del escritor que escucha) y después de dos horas haciendo maravillas para convencernos decide tirar por la borda todo el trayecto mágico y traer a proa un recorte de Esopo (¿se acuerdan de las fábulas que leíamos en la escuela, donde los animales personificaban las virtudes y los defectos humanos?) que lo único que indica es: «Nada de lo que viste pasó, Pi se lo inventó para tapiar el trauma». Tanto nadar para morir en la orilla. ¿Se puede después de eso creer en algo más que en que este es un mal final, un inadecuado final? Con todo y lo que lo queremos, esta vez habrá que desaprobar a Ang Lee y mandarlo a tomar unas lecciones de redacción con Lars Von Trier, porque él será persona non grata, pero sabe lo suyo.

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