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Todos los caminos conducen a…

En 1992 Barbet Schroeder dirigió un largometraje que muchos recordaremos: Mujer blanca soltera busca… (Single White Female), en el que Bridget Fonda, la hija de Peter, sobrina de Janet y nieta de Henry, interpretaba a una joven diseñadora del mundo del software neoyorkino (Allison), pelirroja y trendy, que tras romper con su novio infiel ponía un anuncio buscando una compañera de apartamento. Y, como dicen por ahí, el que busca encuentra. Se le aparece una tal Hedra, un mamarracho aparentemente inocuo, de lengua tímida y titubeante, que con el despecho se va destapando hasta llegar a la extrema locura, dejando en claro lo sensato que era aquel refrán de antaño «de las aguas mansas líbreme Dios». O aquello que la cinta de Rebecca de Mornay y Antonio Banderas de 1995, Never Talk to Strangers (Peter Hall), otro clásico de los noventa en el ámbito del suspenso erótico con protagonistas de personalidad múltiple, gritaba a voces: no le des confianza a extraños, que nunca son lo que parecen. Acaban asesinando a tu novio con un tacón o muelen a golpes a tu mejor amigo. Y ni hablar de lo que te hacen a ti.

Naturalmente yo no vi esta película en el momento de su estreno, sino mucho después, siguiendo indicaciones de mi tía (la tía cinéfila a quien el glaucoma avanzado de sus más de ochenta años le había truncado una de sus grandes pasiones y con quien compartí, tirada en el sofá al lado de su sillón, siete años de conversaciones de cine geniales; todavía sigo bajando películas que le gustaban a ella o que en algún momento me recomendó). Me pareció un thriller convencional, con debilidades en su resolución, pero dirigido con muy buen gusto. La Hedra de Jennifer Jason Leigh es de colección, como la Anne de Katy Bates en Misery (Rob Reiner: 1990) o la Alex Forrest de Glenn Close en Fatal Attraction (Adrian Lyne: 1987).

Pero he de confesar que apenas unos minutos de créditos bastaron para enamorarme (ustedes se acordarán del paneo del edificio con que arranca el filme, un paneo que llega hasta una ventanita, casi un óculo, encendida en uno de los últimos pisos), no de la cinta, del edificio donde supuestamente (y digo supuestamente porque no todas las escenas en interiores fueron rodadas en el inmueble, el apartamento de Bridget, por ejemplo, era un estudio) tiene lugar la acción principal: un veterano coloso del XIX neoyorkino, cito en la intersección de la avenida 73 y Broadway y llamado Ansonia. Hotel de pasado cargadito y licencioso, hogar de artistas (Enrique Caruso, Arturo Toscanini, Igor Stravinsky, Sergei Rachmaninoff y Gustav Mahler, entre los más ilustres) y célebres peloteros, de apostadores y suicidas, testigo de amoríos y abortos clandestinos; huésped de una granja en el tejado. Si vieron Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters: Woody Allen, 1986) recordarán que hay un momento en que Holly (Dianne Wiest) y su amiga April (Carrie Fisher), compañeras en el negocio de catering y rivales en plena batalla por la conquista del prometedor arquitecto soltero David, que interpreta Sam Waterston, asisten invitadas por el galán a descubrir sus edificios favoritos de la ciudad de Nueva York. El Ansonia tiene un cameo en esa secuencia.

La mente tras el proyecto del Ansonia fue un tal William Earl Dodge Stokes, excéntrico magnate de los bienes raíces que, decían las malas lenguas, le había tumbado a su hermano un millón de dólares impugnando el testimonio del padre. Un millón que se podía invertir y multiplicar para hacer realidad delirios exuberantes, como la construcción de un macizo de veinte  plantas que habría de convertirse en el edificio más alto de la Gran Manzana y para el que años antes, hombre precavido vale por dos, había comenzado a adquirir parcelas de tierra hasta sumar veintidós. El Ansonia abrió sus puertas en 1904 y, aun si no llegó a completar los veinte pisos que su mecenas se había propuesto y terminó con solo diecisiete, se convirtió en el más grande de los hoteles de lujo de la ciudad. Como artífice de sus designios, Stokes había contratado a un arquitecto: el francés Paul E. M. Duboy, a quien, dicen las malas lenguas redujo al rol de dibujante, liquidó con cinco mil dólares y embarcó de vuelta a Francia para que se quedara callado y lo dejara parir su bebé sin interferencias. Cierto aire galo, no obstante, se respira en los muros del Ansonia, en sus paños cremas sembrados de ventanitas y delicados balconcitos de hierro, en los techos de azul grisáceo cual ciertas piezas parisinas del eclecticismo finisecular. La escala y la verticalidad sí son características neoyorkinas (al menos por lo que he podido entrever en el cine y en Sex and the City).

No sé por qué cuando pienso en el Ansonia me viene a la mente un sintagma carpentieriano que encontré hace algún tiempo en «El acoso», relato recogido en Guerra del tiempo, y que desde entonces me ha encantado: «arquitectura repostera». ¡Una perlita paragonable a la «arquitectura de colmena depravada» con que Guillermo Cabrera Infante describió al solar habanero de Zulueta, abigarrado y de varios pisos, donde vivía! Carpentier, que tenía un tino envidiable para adjetivar, obviamente no se refería al Ansonia; estaba paragonando la prolijidad decorativa de la arquitectura ecléctica habanera al arte de los cakes criollos, líos de merengue y flores sobre el esqueleto humilde de un pan de España, si acaso con un par de pisos de mermelada (por si fuera poco, en los últimos años en La Habana nos fuimos encargando de pintar repostera y algunas veces chapuceramente todos los edificios posibles, hasta la fachada gótica del instituto que de Paseo y 23). Y aunque nada pareciera tener que ver un lujoso hotel neoyorkino con una pobre y chillona torta cubana, cada vez que veo una foto del Ansonia no puedo evitar acordarme de Carpentier. Sí, ya sé que todos mis caminos conducen a Cuba.

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