Autores/Cine

In the Middle of Nowhere

Primero unos chismes al vuelo

Durante el pasado Festival de Venecia —creo recordar que era la edición número setenta— leí con incredulidad una noticia de la que no me recupero, meses van y meses vienen. La noticia en cuestión, grosso modo, describía como uno de los platos fuertes de la connotada muestra la presentación en sociedad de la enésima perla de la familia Coppola, uno de los clanes más poderosos de Hollywood: Gia, nieta de Francis y único vástago de Gian Carlo Coppola, muerto en un accidente en los albores de la carrera en el mundo del cine que el todopoderoso Francis ha podido dar a sus hijos y a buena parte de su familia. Tiburón se baña pero salpica.  Para que tengan una idea, señores, ese actor de nombre impronunciable, Jason Schwartzman, al cual hemos visto en algunas películas de Wes Anderson y en otras comedias sin importancia, es sobrino de Francis Ford Coppola, hijo de su hermana Talia Coppola, aka. Talia Shire (sí,  ella misma, Adriana la de Rocky).

Si la vida de Gian Carlo Coppola hubiese sido más larga, probablemente habría sido, como sus hermanos, director (¡quién sabe lo que nos hemos perdido o de lo que nos hemos librado!). Mas quiso el destino que en su lugar fuese Gia quien continuara los pasos del nonno. Gia, ladies and gentlemen, ha dirigido un largometraje basado en los relatos de James Franco, la nueva promesa de la literatura estadounidense (¡le zumba el mango!). ¿Los actores? Emma Roberts, sobrina de Julia, y Jack Kilmer, hijo de Val. ¡Qué viva el nepotismo!

Ustedes dirán que esto es chisme de portal. Y para colmo viejo. Si me decido solo casi un año después a comentar toda esta historia es porque hace poco me topé (¡maledetto il giorno!) con un filme de Sofia Coppola, casualmente ganador de otra edición del popular festival italiano: Somewhere le dio a Sofia el León de Oro en 2010 (¡se dice y no se cree!) —aunque para ser justos y justicieros, nada puede ser peor que María Antonieta, tampoco la oquedad de este último largometraje. ¡Está bueno ya! Venecia, por amor a Francis y en nombre de toda Italia, tierra de la que partieron los primeros Coppola y a la que han vuelto sus descendientes como el hijo pródigo, por el cine y por lo que vienen todos los extranjeros millonarios a este país: a hacerse de una viña (Francis, por si no lo saben, dedica su vejez a la enocultura y la hotelería. En fin, no todo el mundo puede ser Scorsese), ha sido demasiado generosa con esta gente.

Francis Ford Coppola y su hija Sofia. Fotografía de Brian Hamill

Francis Ford Coppola y su hija Sofia. Fotografía de Brian Hamill

Hijo de gato caza ratón

La verdad es que siempre me ha parecido el cine de Sofia Coppola un tanto sobrevalorado. Pero yo debo estar equivocada, pues la niña es una mimada de los premios. Nominaciones van y galardones vienen: Globo de Oro, César, reconocimientos del Círculo de Críticos de Nueva York y de Los Ángeles…

Como buena heredera, Sofia empezó bien. Las vírgenes suicidas, (The Virgin Suicides, 1999), su ópera prima, era una perturbadora obra independiente que muchos hemos vuelto a ver. La fotografía, brillante y de pátina pastel, era nostálgica como una polaroid en estos días, como las polaroids que guardaba mi mamá en bolsas de nylon de los viajes de mi abuelo a casa de los familiares de la Florida. Y luego aquellas niñas perfectamente rubias y hermosas, la belleza inocente e impoluta en un ambiente angustioso. No hay que ir a buscar el peligro en la calle, la aparente calidez del hogar puede llegar a ser peor. La pequeña Coppola prometía. Luego llegó Lost in Translation (2003). En este punto estuve pensando si mentir y no decir que me dormí la primera vez que la vi, todavía lo recuerdo, en el sofá de mi prima, un viernes de Toma Uno, el programa de Tony Masón, pero no importa, pues la vi otra vez y me reconcilié con ella. Claro, ya para ese entonces yo andaba en la época en que me volvía loca Japón. Pero mi juicio no se lo achaco a eso, Lost in Translation era una hermosa película sobre el aislamiento y la extrañeza en la soledad de un país distinto en lengua y cultura y los raros afectos que brotan en esas particulares circunstancias entre seres dispares, seres que en otro contexto jamás se hubiesen rozado, una película que con una estética austera y elegante y un ritmo apesadumbrado, retrataba un Tokio extranjero, impersonal, absolutamente ajeno. La segunda entrega de Sofia fue buena, digna continuidad. Pero con María Antonieta (Marie-Antoinette, 2006) llegó la debacle, un filme de pompa y lujo, con un puesta en escena tan gruesa y complicada que asfixiaba el relato.

Somewhere salió de una puerta grande: Venecia. Eso debe haberle labrado el camino. Mi única duda era ¿cómo pudo gustarle esto a Quentin Tarantino, presidente del jurado en aquella ocasión? Especulando y especulando se me ocurrió que tal vez nuestro amigo Quentin, en la ventana de su hotel con vista al Lido, habría tenido un fulminante ataque de nostalgia por su viejo y querido Hollywood que lo llevó a instigar con alevosía a los restantes miembros del jurado: ladies and gentlemens, signogrrre e signoggrri, démosle este año un premio al Hollywood joven. Podía ser ¿no?, en vistas de que el largometraje fue rodado casi enteramente en el Chateau Marmont, hotel de Sunset Boulevar (¿nos suena?) cuyos nexos con el Hollywood del glamour y las estrellas todos conocemos (aunque el Hollywood de Sofia no tiene nada que ver con el mito que tenemos todos en nuestras mentes; el suyo es una postal desencantada). E iba yo contentica con mi conclusión sagaz. Hasta que leí que uno de los mejores amigos de Sofia Coppola es Quentin Tarantino. ¿Coincidencias? No creo. En Hollywood como en la Conchinchina —¿lo había dicho ya?— el que tiene padrino se bautiza. Ah, se me olvidaba, ¿mencioné que el personaje protagónico de la historia es un actor? Johnny Marco, una suerte de Mickey Rourke de ficción, es un tipo desidioso y vacío que una mañana reveladora, tras pasar una temporada con su hija, entiende que su vida ha sido un fracaso y decide hacer algo al respecto (el paso de la ceguera a la luz, ¡ni Esquilo lo hubiera escrito mejor!). Su vida hasta entonces no ha valido nada.

Stephen Dorff y Elle Fanning en una escena de Somewhere

Stephen Dorff y Elle Fanning en Somewhere

¿Hay algo en la vida de Johnny que valga la pena mencionar además del Ferrari? A veces rueda la ciudad. De vez en vez lo visita su hija. Todos los días una mujer distinta. Es solitario y no tiene relaciones duraderas. Vive como de paso, en un apartotel (Sofia observa aquí el lado triste de la fama, el del éxito que no deja espacio para cultivar los afectos, o sea, el del matrimonio destruido y la hija distante. Esto, si uno se pone a especular, no debe ser del todo ajeno para una persona como ella, que inmersa desde niña en la tramoya hollywoodense, sabrá lo que es  caminar entre flashes al lado de un hombre famoso).  En la rutina de este Johnny Marco todo se reviste del más absoluto desapego. Y con desapego análogo al que él asume sus horas, las avistamos nosotros. No habría líos si su desapego fuera solo vicio del personaje y no también del guión, mas no, el libreto de la Coppola no logra bordar interés en el lienzo de este hombre desinteresado (que no tenía por qué ser desinteresante ni antiempático, si se me permite el invento). Primero por su pobreza argumental: en noventa y tantos minutos de cinta no pasa casi nada (ello explica, por ejemplo, que dos veces tengamos que ver íntegra la pole dance de las gemelitas rubias, distinta coreografía, gratuidad dramática la segunda vez). Después por su pobreza discursiva. Esta película cuenta poco y dice poco. Si en este punto uno desempolva aquel viejo esquemita que nos dejara Algirdas Julien Greimas, el modelo actancial, Somewhere parece tener resuelta la primera parte del asunto: sujeto alcanza objeto; en efecto, el desaborido Johnny Marco se transforma, para decirlo de algún modo, adquiere conciencia en la vida. Sin embargo, uno se pregunta, ¿qué tanto pasó en el medio para llegar a este fin? Falta tripa: hay un punto inicial y uno final, hasta ahí estamos bien, pero son las piezas intermedias, las que debían mover la historia desde A hasta B las que no convencen. Falta también credibilidad y, sobre todo, emotividad. Todo en esta película es demasiado parco, demasiado desabrido, no hay giros trascendentales, y uno espera y exaspera por una sacudida que nunca llega. Sofia Coppola nunca ha sido ni devota del pathos ni una militante del cine intenso; tampoco de la técnica expresiva. De la creencia del «menos es más», belleza compositiva del plano, poco movimiento de cámara, y movimiento suave, casi invisible han sido sus pautas. Sus películas son como una composición en andante. Ella creerá que diciendo poco uno interprete mucho. A veces eso funciona. En Somewhere no. Por otro lado, tengo mis dudas sobre Stephen Dorff, quien me parece aporta su granito de arena a la insipidez general de esta película.

La actriz Elle Fanning en una escena de Somewhere

La actriz Elle Fanning en una escena de Somewhere

¿Hay algo en esta película que valga la pena mencionar? Número uno, la naturalidad de Elle Fanning, persona y personaje. Número dos, tal vez la escena de la piscina (no por gusto la eligieron para el cartel promocional), unas gotas de té y ternura bajo el agua y un hermoso travelling en retroceso desde las tumbonas, padre e hija relajados, en pose casi idéntica, dueños del patio del Chateau Marmont. Más allá de la belleza de la escena en sí misma, es una manera sutil y delicada (como sabemos le gusta a Sofia) de enunciar que la relación ha crecido y ha llegado a su mejor momento, solo pasado este punto Johnny puede replantearse la autenticidad de los restantes apartados de su vida y llegar a la renuncia: coger carretera y dejar botado el Ferrari, emblema de su temporada de de ídolo hueco, para vagar sin meta hasta encontrar el camino. Somewherewho knows where… Y, verdaderamente, who cares…

Como leí el otro día, esta es una película inofensiva. Pero seamos francos, aun si ello implica una dosis de crueldad, de esas películas estamos ya copados. Si hubiera un Paraíso y un Infierno cinematográficos, seguramente Somewhere se quedaría vagando en el medio, en el Limbo: el abismo de olvido a donde van las películas que, sin haber cometido el peor de los pecados, nos dejan indiferentes. Qué ironía que en español el título de la película sea En un rincón del corazón y que sea esto justamente lo que le falta. En ningún rincón del corazón se nos cuela esta película: anodina, escueta, inexplicablemente sobrevalorada… como su dueña.

Les dejo una canción del soundtrack: I´ll try Anything Once (The Strokes).

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