Hablando como los locos

Nos vemos en la próxima aventura

He pensado mucho en cómo escribir este texto. Lo he empezado a escribir muchas veces, primero en mi mente, en las pocas horas de insomnio y las muchas de ocio; después en una libreta de notas; la penúltima vez aquí. Siempre en vano. Quiero escribir pero me sale espuma

Lo he empezado a escribir muchas veces por temor a ser cursi, por la sospecha del refrito del refrito. Quise hacerlo gracioso, un poco irónico, natural, como busco ser yo cuando hablo. Pero delante de la primera página devengo un mar de dudas y lo que escribo no siempre me refleja del todo. Al principio, la primera vez que pensé este texto, desde la ventanilla de un avión nocturno que deja atrás el cielo de los últimos cuatro años, el techo de la última casa, todo tono parecía legítimo, toda frase era hermosa. En suma, este parecía un texto fácil. Pero como nada es fácil contra la temible página en blanco, empecé y borré.

Hoy, por una extraña razón, me levanté con ganas de saldar una deuda trasegada los últimos siete meses. De una vez por todas me lo saco de encima este texto. Venezuela, hoy te regalo las dos líneas que te debía. Salgan como salgan. Lo importante es la intención…

Siempre pensé que me iría de Venezuela sin lamentarlo. Llegué con ganas de irme. Llegué cogiendo defectos. En la casa faltaba el agua, no había lavadora, no funcionaba bien el calentador, no había Internet (en unas pocas horas había aprendido a quejarme también de lo que nunca había tenido). Afuera el panorama era devastador. Macuto, La Guaira, era un pueblito triste de noches eternas donde no había ningún sitio a donde ir excepto las reliquias de un bulevar de playa que una vez había sido bonito y famoso, y donde hoy solo pululaban los borrachos y desfilaba la celulitis en hilo dental. Los padres acompañaban la cerveza con papitas fritas de paquetes mientras sus hijos chapoteaban felices en aquella charca prieta que no merecía llamarse mar. En aquella arena que alguna vez había sido blanca, la gente montaba una hornilla y cocinaba sin remordimientos, propagando mugre. Un espectáculo semejante se observaba en Playa Blanca, Holguín, cuando aparecíamos con la olla de presión del congrí y el caldero de los bistés (solo que, a diferencia de Venezuela, en Cuba se bebía el ron, pues la cerveza era demasiado cara. ¡Qué mala costumbre esta latinoamericana de beber alcohol en la playa!). No sé cómo se me ocurrió pensar que llegando a Venezuela iba a liberarme de las clásicas usanzas del caribeño medio. Unos kilómetros más allá en el mapa somos siempre los mismos.

Por otra parte, en Macuto no había tiendas de ropa y el único rastrojo capitalista era una panadería, muy famosa ella por sus precios, no por la calidad de sus productos. De más está decir que tampoco había cine ni teatros. Era cierto que la zona se recuperaba aún (diez años después) de la tragedia de 1999 (el deslave), como también era cierto que había sido siempre una ciudad satélite de Caracas, donde los turistas caraqueños vacacionaban y los pobladores (tantos empleados en la capital) dormían. A decir verdad, nunca había habido más nada que costa y hoteles. Actualmente, el único entretenimiento de los guaireños era trasladarse hasta la distante polis capitalina, aquellos sin carro, como nosotros, a merced de unas guaguas que el fin de semana alcanzaban el récord de inasistencia. Creo que aún no he dicho que Macuto, La Guaira, se encuentra a varios kilómetros de distancia de la capital, y que para llegar a ella prácticamente hay que atravesar una montaña. Bueno, prácticamente no, hay que atravesarla. Es la única vía que une Caracas con el puerto y el principal aeropuerto del país. Vía en la que, debido al incesante tráfico de rastras procedentes de la aduana, cada semana hay un accidente que ocasiona el colapso del entero flujo de autobuses. Y las colas son incluso peores que las de La Habana. Por cuatro años, aquello fue mi ruina, mi principal tema de conversación.

Después, obviamente, quedaba por considerar el factor delincuencia, que me tocó varias veces pero nunca con consecuencias extremas, por suerte. No hablo de él pues con tantos otros malos recuerdos lo dejé botado.

Ahora pienso que si nunca me sentí del todo bien en Venezuela es porque nunca me di la oportunidad. Ni se la di al país. Me empeñé en ver el lado más feo de las cosas: la ciudad es fea, la ciudad es inhumana, ¡no se puede caminar!, buscando La Habana en todas las calles, en los edificios viejos, en las rejas de un balcón decimonónico… Allá lejos, donde el sol calienta más, olvidé mi corazón… olvidándome que La Habana era tan abusadora con su gente como Caracas. Evidentemente la Cuba del corazón no se parece a la que dejamos. Desde otra parte, un país distante, la amamos más.

Me encerré sí, en el deplorable papel de la extranjera inconforme que enceguecida por la distancia, añora su tierra y critica el país nuevo, sin pensar que para quienes me rodeaban aquel teatro tal vez no era simpático (sea esto justo o no, la verdad es que solo quien nace en un país se siente con derecho a desprestigiarlo, no nos gusta que los extranjeros nos canten las verdades de las que nosotros tranquilamente nos quejamos a los cuatro vientos). Cosas buenas había en mi situación como en todas las situaciones, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Como decía Martí, del sol los ingratos ven solo las manchas. La mía era la clásica actitud del que nunca ha salido de su batey, del recinto seguro del hogar materno, y no sabe lo que es doblar el lomo. Me había construido una idea equivocada del extranjero, paraíso fácil y, en lugar de morder el cordobán y mirar adelante preferí patalear como un niño malcriado cuando sus padres equivocan el regalo de cumpleaños, cuando un niño cubano debería saber mejor que nadie cuánto vale el esfuerzo de un padre.

Para mi felicidad, después de cuatro años y cinco meses, llegó el día. El día en que por fin me montaría en un avión y dejaría atrás la cola de El Silencio, el metro atestado de las cuatro de la tarde, la casa en el fin del mundo, con su falta de agua y sus vecinos que el domingo en la mañana martillaban y claveteaban y en la tarde escuchaban a Hector Lavoe y generosamente lo amplificaban para beneplácito de todo el edificio y si se quiere el vecindario, la escasez de leche o de papel sanitario (me lamentaba como cualquier venezolano, como si en Cuba no hubiéramos hecho mano de periódicos y guías telefónicas), la soga al cuello a fin de mes por el dinero. ¡Sí!, por fin dejaría atrás el calor del Trópico; por fin me iría a un país con cuatro estaciones y podría usar gabardinas y bufandas de lana como en las películas. Por fin… por fin. Dejaría atrás Venezuela. Venezuela y todo lo que ella representaba, América Latina, el atraso, el subdesarrollo, la estrechez económica, la pasadera de trabajo, todas aquellas cosas, a menudo fútiles, con las que solemos desdeñar al continente que nos trajo al mundo (¡como si fuéramos extranjeros!) y al que siempre, siempre, por mucho que cambiemos y nos cepillemos, perteneceremos. Y esto no solo por conceptos abstractos como el patriotismo o el sentimiento de pertenencia (cosas que valen poco para muchas personas), sobre todo por cuestiones más prácticas: la lengua que hablas, tu nombre y tu apellido, el solo hecho de tener dos apellidos. Como cuando me fui de Cuba, como si nunca me hubiera ido de Cuba y no supiera lo que es emigrar, volverte a integrar, empezar de cero en todo, volví a llenar mi cabeza de ilusiones (todas las cosas nuevas que vería y comería y compraría) y con desdén murmuré para siempre.

Me senté en el avión del lado de la ventanilla. El correcorre del embarque, con sus diversas eventualidades que no vale la pena contar aquí, había pasado y la tensión comenzó a descender. De repente sentí un cansancio enorme. Me sentía molida como después de un examen difícil. Tras el cristal empañado un pedazo del ala del avión y el pavimento gris de la pista del aeropuerto. Y yo Chihiro en el asiento trasero de la máquina de sus padres. Reviví los regresos a La Habana luego de las vacaciones de verano, mi mamá detrás del cristal que me decía adiós emocionada como si aquel agosto fuera el último. Pensé en mi papá con mi mochila al hombro y en mi hermano que arrastraba mi vieja maleta negra. Por enésima vez, todo a lo que me había acostumbrado, se me alejaba por decisión propia. Y por muy falso, rebuscado o literario que suene esto, en ese momento me vino a la mente una cosa que hace años luz (estaba en la vocacional) decía siempre mi amiga Raquel y que irónicamente me tocaría repetir en varios momentos de mi vida: todos los cambios, aun los más anhelados, llevan su poco de melancolía, porque lo que dejamos es una parte de nosotros mismos. Me siento en una comedia romántica o en una novela de aeropuerto cuando lo digo. Pero sí, en esta vida a todos les toca su momento cursi. A todos les llegarán sus quince minutos no de fama, como decía Warhol, mas de cursilería. ¡Bienvenidos sean!

Ahora, mientras escribo esto, estoy más segura que nunca de que no extraño Venezuela, lo digo con toda sinceridad, lo cual no quiere decir que no extrañe a ciertas personas. Al final, de un país lo que importa son las personas y las vivencias junto a ellas. Del resto, a excepción de algunos objetos o algunas calles que te recuerdan cosas, un país podría desaparecer y no lo echaríamos en falta. Extraño a esas personas y espero volverlas a ver.  Sé que no quiero volver a vivir en Venezuela, pero no desdeño lo que viví (y si alguna vez llego a desdeñarlo, pues nadie es perfecto, me llamaré a capítulo), lo atesoro como un viaje precioso del que he vuelto cargada, más solitaria pero más fuerte, con virtudes y defectos nuevos, algunos que revisar, otros que perfeccionar; un montón de libros y un montón de películas; palabras y recetas nuevas. Me enteré que canilla puede ser sinónimo de flauta de pan y sancocho de sopa. Conocí las arepas, el asado negro, las hallacas y el pan de jamón. Vi por primera vez un desierto; subí una montaña en un telesférico, metí los pies en un río y perdí una chancleta que había viajado desde Cuba. Aprendí a distinguir un daguerrotipo de un ambrotipo. Y aprendí a amar y a odiar e oficio de corrector. Me di cuenta que me gustaba más escribir mis cosas, por lo poco que valgan, que reescribir lo que escribían los demás. Sin Venezuela no hubiera existido este blog.

A Venezuela, o mejor dicho, a todos aquellos que compartieron conmigo un pedazo de estos cuatro años, cuatro meses, veintitrés días y unas ocho horas, no les digo adiós, les digo arrivederci. Nos vemos en la próxima aventura.

 

Caracasdesde el Telesférico

Caracas desde el Telesférico

Los Médanos de Coro

Los Médanos de Coro

La chancleta viajera

La chancleta viajera

El siempre vilipendiado, pero jamás olvidado Macuto

El siempre vilipendiado, pero jamás olvidado Macuto

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2 pensamientos en “Nos vemos en la próxima aventura

  1. Jamás había leído algo con tanta nostalgia y emoción a la vez. Qué alegría leerte, qué difícil reconocer tanta verdad en un texto. Estos daguerrotipos te extrañan, como lo hace el archivo de Cortina y, sin duda, nosotras aquí. Aunque tu esencia sigue impregnada en las paredes de San Román, es difícil a veces no sentir tu ausencia con tu despedida de cada tarde antes de maldecir las guaguas de El Silencio.
    Nos alegraste el día niña!
    Citándote: ¡nos vemos en la próxima aventura!

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