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Thriller parece, ¿pero lo es? El viaje a Occidente de Chan-Wook Park

Chan-Wook Park

El monstruo

Como alguna vez hicieron Wong Kar-Wai y Takeshi Kitano y el mismísimo Kurosawa, otro monstruo asiático cruzó los mares rumbo a Occidente y, en las húmedas tierras de Smyrna y Nashville, Tennessee, debutó en el cine anglosajón con Mia Wasikowska y Nicole Kidman, actrices exitosas ambas, la primera un símbolo de la juventud emergente, la segunda ya un ícono. Chan-Wook Park, artífice de Oldboy (2003), un coreano de Seul graduado en Filosofía que primero fue pichón de cine club, después crítico de arte y asistente de dirección y luego genio. Dirigió su primer largometraje en 1992, sin embargo, le costó cuatro películas llegar a la fama, un total de ocho años, que al final no es mucho si uno piensa en lo que ha demorado otra gente. Sus tres primeros títulos se fueron directamente al olvido, pero Park, que seguía explotando su vena de crítico para ganarse el pan, no cesó en su empeño, seguro de que en esta vida el talento es tan importante como la perseverancia, que en el camino del arte el triunfo es más escurridizo que en otros campos y mientras más se le provoque más oportunidades hay. Con el cuarto, Joint Security Area (2000), consiguió un éxito en taquilla que le permitió enfrentarse a su próximo proyecto con mayor serenidad. Joint Security Area es una intriga que radiografía la escindida península coreana actual, el delicado e inestable equilibrio entre dos naciones que se descubren hermanas bajo la superficie, pero a cuyas semejanzas se han encargado de echar tierra años y años de un odio oportunamente administrado, un odio que a veces salta y ataca como un acto reflejo, de manera involuntaria. Es una obra menor (menor dentro de su filmografía, en la de otra gente sería una obra maestra) mas no mediocre, que sabe narrar con paso firme y gestionar el suspenso, y se mueve con habilidad en el terreno de las sugerencias. Naturalmente, inaugura las virtudes de un Chan-Wook Park maduro, libre y seguro de sí: la vigorosidad de su trazado dramático; el manejo antojadizo de la verosimilitud; su despreocupado uso de la imagen violenta; su siempre entretenido, espectacular acabado.

Luego, como todos sabemos, llegó lo bueno: Sympathy for Mr Vengeance (2002), Oldboy (2003) y Sympathy for Lady Vengeance (2005), tres batacazos seguidos que casi todos conocemos como la Trilogía de la Venganza, si bien el propio Park confiesa que no hubo trilogía premeditada u obsesión alguna con perpetrar el tópico de la venganza, y modestamente cede a la prensa coreana la concepción de las tres cintas como una unidad. Lo cierto es que ha sido gracias a estos tres títulos, especialmente al segundo, con el que fue galardonado en Cannes con el Gran Prix —en las sillas de jurado estaban Quentin Tarantino y Tsui Hark, el director y productor vietnamita asentado en Hong Kong que en los ochenta produjera algunas de las más famosas películas de John Woo—, que Chan-Wook Park se ha abierto un espacio en la cinematografía contemporánea, y seguramente en la historia.

El monstruo y yo

No es necesario que confiese, que lo diga en voz alta, que lo escriba en mayúsculas. Se nota a las claras. Yo he sido una amante perdida del cine de Chan-Wook Park desde el año 2007, cuando Sympathy for Mr Vengeance cayó fortuitamente en mis manos neófitas de recién graduada a prueba en un instituto donde todos habían visto Oldboy y en un año donde la obsesión por el cine asiático que había ido cultivando los últimos tres cursos de la universidad (desde que comenzara a dibujar una tesis de grado sobre Hayao Miyazaki) experimentaba un liviano y merecido declive: tras seis semestres del más absoluto y virulento autobombardeo con cualquier restrojo made in Asia y los últimos meses de lectura y escrituras apresuradas mi organismo estaba saturado, los ojos exhaustos. Aquel descubrimiento peregrino en uno de los cajones de la oficina del octavo piso donde trabajaba de ocho a cuatro se apalancó con las recomendaciones de cierto chico culto cuyas opiniones valoraba yo mucho en aquella época. Poco después, escribí tres o cuatro líneas sobre la estetización de la violencia en la última obra de la trilogía, como trabajo final de un posgrado, e intenté conectarlas con unas noticas que fui dejando en libretas y hojitas sueltas sobre las películas de Park que iba viendo. En aras de sacar de aquello algo decente, publicable posiblemente en la revista Cine Cubano. Pero como tantas veces en mi vida, dejé otro texto en el camino. Y regalé otra posibilidad a la desidia. Siempre he sido así. Empiezo muchas cosas y raras veces las completo: me encanta releer mis textos terminados, pero me canso solo de pensar en el trabajo que me da armarlos piedra a piedra.  Solo algunas películas y algunos días felices me salvan de la fuerza con que me hala una hora de sueño o de asueto mental cabeza en la almohada y mirada al techo, o de ver una película anónima y mala para no pensar en qué podría escribir sobre ella. Ello me ha llevado a la triste conclusión de que nunca podría ganarme la vida como crítico de cine, aunque por mucho tiempo fue mi sueño.

Con aquel texto inconcluso menguó mi histeria con Chan-Wook Park, y mi obsesión con el made in Asia migró, ahora más tranquila, de nuevo a Japón (Kiyoshi Kurosawa, de quien espero alguna vez poder escribir algo, decente y publicable ─esperen sentados, por si acaso─). Mas no le perdí la pista del todo —nunca descuido por completo a ninguno de mis monstruos sagrados­—, supe que había caído en las garras del peligroso y fascinante Hollywood y me senté a esperar el estreno de Stoker (me rehúso a usar Lazos perversos), que llegó hace unos meses en el Festival de Cine Independiente USA de Caracas (lo de USA no me gusta, pero así se llama).

Un viernes a media tarde el Italiano y yo comenzamos nuestro acostumbrado peripateo en Caracas para ver en qué cine ponemos el huevo y como no pocas veces terminamos en La Previsora, una salita en el mezanine de una torre alta donde la entrada cuesta la mitad que en los circuitos comerciales y uno se ahorra el spot de Cinex, que me ha tenido harta los últimos tres años, finalizado mi efímero período de seducida por los pequeños gestos del capitalismo y comenzado el del desencanto y la añoranza de la publicidad de palo de las pantallas habaneras, con el consabido powerpoint semanal del Proyecto 23. Y para mi sorpresa, estaban poniendo la anhelada, mil veces soñada, Stoker (ya sé que estoy exagerando, pero esto es un texto sobre Chan-Wook Park, ¿por qué escatimar en pasión?). Apenas entrar noté que el público era copioso, al menos para los récords de asistencia de La Previsora. La parte trasera de la sala, donde suele sentarse casi todo el mundo para no estar tan cerca de la pantalla, estaba prácticamente llena —¡uf, Park tiene mucho público en Venezuela!—. Y yo, malacostumbrada como estoy a disfrutar en exclusividad de toda una hilera (siempre la tercera a la izquierda), quitarme los zapatos, subir las piernas en el espaldar de adelante (¡soy una vergüenza!), me vi obligada a trasladar mi mochila al suelo y ceder el asiento a mi lado… con un poco de mi privacidad. Mas me acomodé resignada en el felposo espaldar porque… ¡señores, es Chan-Wook Park!

Lo primero que me sorprendió al iniciar los créditos fue leer el nombre de Wentworth Miller no como parte del reparto sino como  guionista. Sí, Michael Scofield, el tatuaje andante de Prison Break, escribió el guión de la última monstruosa maravilla de Chan-Wook Park.

En la fotografía Chung-Hoon Chung, compañero histórico de Park, responsable de la imagen en Soy un ciborg (2006); Oldboy; Sympathy for Lady Vengeance y Thirst (2009).

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La hermosa monstruosidad de Stoker

Stoker (2013) nos sitúa en la mansión sombría de los Stoker, en algún lugar de los Estados Unidos, en un tiempo que, si bien descubrimos es el presente (lo sabemos porque en una escena uno de los personajes menciona que la protagonista, India, ha nacido en 1994) un poco remeda los ya distantes años cincuenta, y concretamente nos recuerda el cine de Hitchcock. Como en una inocua publicidad americana de los años cincuenta, las paredes de la casa son de color pastel y la cocina es de azulejos con diseños geométricos. Completa el cuadro la rubia con aires de musa hitchcockiana que muy bien interpreta Nicole Kidman, una ama de casa de la high class que acompaña sus cardigans y elegantes camisas de seda con un tupé retro y que no sabe hacer nada en la vida pero habla francés con un acento perfecto. Por otra parte, no hay rastros de esos elementos que pueblan nuestra abigarrada contemporaneidad: computadoras, televisores, cámaras, ipods… Internet no existe y todo se inunda de un silencio que solo las notas del piano osan interrumpir.

El día que entramos a la mansión es el cumpleaños dieciocho de India (Mia W.) y también el funeral de su padre. Un visitante inesperado, el tío Charlie (interpretado por el actor británico Matthew Goode), enigmático y atractivo forastero a quien nadie conoce, llega por una temporada a las vidas de India y su madre, la gélida Evelyn, a quien Charlie no tarda en conquistar valiéndose del parecido con su hermano cuando era joven. Sin embargo, el verdadero blanco de su atención es India. Pronto el tío Charlie se quita la máscara de afectada amabilidad y para llevar a cabo su plan, la elegante mansión suburbana de los Stoker se baña de sangre, ingrediente infaltable en el cine de Chan-Wook Park.

Al inicio, Park pretende hacernos creer que esta es la clásica película de género donde la pequeña indefensa tiene que defenderse de la amenaza externa, el tío peligroso que pretende suplantar al padre y apoderarse de todo al estilo de Shadow of a Doubt (Alfred Hitchcock: 1943). Mas la ilusión dura poco. Pronto nos deja claro que pasa de los géneros y que esto es nada más que la educación de un asesino. Y aquí nadie es pequeño ni indefenso. Especialmente no India, cuya latente monstruosidad se deja ver poco a poco. Quien parece inicialmente presa deviene predador. Espera, como un animal que vigila su alimento, el momento oportuno para atacar. Si a alguien hubiera de recordar India, es a Lady V. La flor ensangrentada. La fémina de apariencia frágil que esconde un monstruo, aunque Lady V. no solo era más bella, sino también, en un cierto sentido, más buena. Mientras India es esencialmente una manzana podrida.

Ya sé que yo veo bildungsroman por todas partes. Unas palabras de India al inicio del filme, no obstante, me dan un poquito de razón. Solo un poquito… Just as a flower does not choose its color, we are not responsible for what we have come to be. Only once you realize this do you become free, and to become adult is to become free. Lo que cuenta esta película, en definitiva, es el paso de India a la adultez, catalizado por diversas circunstancias: la muerte prematura del padre y la incapacidad de la madre, una mujer desencantada; la presencia de Charlie, que la envuelve en su juego.

Charlie e India después de su última fechoría

Charlie e India después de su primera fechoría a cuatro manos

En todo esto, el tío Charlie viene a ser el maestro. Él la inicia. Le descubre un yo distinto, desconocido. En el fondo, es como si él hubiera siempre sabido que en su sobrina tendría su igual, que podía crearlo, como una criatura, crearse un aliado. Arrebatar a India de las manos del bien era la perfecta venganza contra su hermano. Desde la distancia, en un cuarto de manicomio, la venganza se incuba por largos años. Así, comienza a escribir las cartas con las que pondrá a la niña de su parte. Con las cartas quiere seducirla, enamorarla… Pues la pequeña India habrá de convertirse no solo en su sucesora, sino también en su compañera de aventuras y de vida: «Imagino cómo crecerás y honorarás nuestro apellido […] Compartimos la misma sangre» (sangre de las venas propias, sangre de sus víctimas). Con pequeños gestos, como ofrecerle por primera vez una bebida alcohólica, la va empujando a la adultez. Cuando está lista, le da su premio final. Con la solemnidad de una coronación, Charlie le quita los zapatos colegiales que le ha regalado por dieciocho años y le coloca unos tacones. Corona. Amuleto. Ahora, como en todas las historias de iniciación, el discípulo debe matar (metafórica o realmente) al maestro. Lo cual es simplemente seguir su camino por sí solo.

Como en el filme más famoso de Hitchcock, en quien Park sin dudas se ha inspirado (muy libremente diría yo), la escena clave de Stoker ocurre en la ducha. Después de su primer asesinato (llamémosle así pues tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le aguanta la pata), India regresa a casa a darse un baño liberador. Y mientras recuerda, se tortura y se complace, se masturba frenéticamente hasta al orgasmo. Se masturba pensando en Charlie, por quien siente también una clara atracción sexual, pero sobre todo en lo que él representa, es esto lo que la excita verdaderamente. Lo que debiera ser una simple ablución, para purificarse del crimen, deviene su bautizo. El orgasmo es la aceptación de su naturaleza. Así se los cuento yo, pero imagínense la intensidad que adquiere esto con el montaje, una de las cartas de triunfo de este largometraje.

El éxtasis de santa India en la escena de la ducha

El éxtasis de la santa en la escena de la ducha

El veredicto final

A mí no me ciega la pasión, pero antes de juzgar esta película, creo que hay que tener en cuenta que ir a dirigir en otro país u otro continente, con una escuela cinematográfica muy distinta, es por una parte sí, un gran privilegio no a todos concedido, pero es también un gran riesgo. El riesgo de un fracaso grande como el de Woody Allen cuando dejó Manhattan. El estilo no funciona igual en todas partes. Y hay que ser valiente para abandonar tu confort zone, y aun así continuar siendo el mismo. Chan-Wook Park lo ha intentado y solo por eso merece mi respeto.

Debo decir que aunque Stoker me gustó mucho, no pude evitar sentir un cierto manierismo que en el cine anterior de Park (aquel producido enteramente en Asia) no había sentido. Creo que una de las características de la Trilogía de la Venganza era el exceso. Muy a menudo en el cine asiático de acción, el exceso en la escritura de la historia y del personaje, viene acompañado de un exceso en la actuación. El cine de Park ejemplifica perfectamente esta cuestión (y como digo Park digo Kim Ji-Woon, cuya cinta I Saw the Devil (2010) está muy influenciada por la Trilogía de la venganza): sus personajes son a menudo deformes, exagerados, los extremos de una cualidad, o mejor dicho, una cualidad llevaba al extremo. Los malos suelen ser malos muy malos, de una crueldad desmedida y atípica en el cine americano y a veces hacen muecas un tanto «estúpidas», que parecieran fuera de contexto. En una corriente cinta norteamericana de género, una cinta de suspenso o de acción, nos burlaríamos de personajes así. Como nos burlaríamos de ciertas actuaciones de gestualidad para nosotros innatural, como de cómic, que en el contexto del cine asiático son normales porque el concepto de lo verosímil es diverso (como también es diverso el físico de los actores y la gestualidad que acompaña a su lengua). Pero esto a un espectador occidental educado en la escuela del cine clásico se le antoja un tanto caricaturesco, un tanto artificial. De ahí el riesgo de trasplantar la maniera asiática a Hollywood. Y sí, buscar que estrellas de Hollywood actúen como asiáticos es imposible. Ponerlos a actuar naturalmente a la manera de Hollywood en el contexto de una historia rebuscada y asiática como esta es un fracaso. El resultado para mí es ambiguo, raro. En fin, Chan-Wook Park se metió en camisa de once varas.

Admito que hay en su debut norteamericano de algo falso, algo que no encaja, producto probablemente de lo que antes decía, el trasplante de un estilo a un contexto otro; mas le aplaudo el haberse mantenido fiel a sí mismo. Por otra parte, pareciera  que, nadando en aguas extrañas, estuviese muy atento de lo habitual a no dar un paso en falso, así que este filme carece de la «naturalidad» de sus filmes coreanos (aunque debo decir que, a juzgar por los filmes que he visto, con los años Park se ha ido haciendo cada vez más controlador, más calculador. Basta comparar la primera y la tercera partes de la trilogía. Entre ambas hay una diferencia enorme).

No obstante todo esto, me pongo a pensar y me pregunto, cómo puede ser esta mía una crítica razonable si, al final, Stoker está dirigida magistralmente y todo funciona como en un reloj.

A estas alturas, probablemente todos habrán visto ya Stoker (yo como siempre llego tarde a todo. Este texto tiene un año y por una razón u otra me había negado a terminarlo). Lo único que me queda por decir es, si no la han visto, búsquenla. Y si ya la han visto, pues busquen la Trilogía. O al contrario, busquen primero la Trilogía y después Stoker. Y si por casualidad han visto ya las tres partes de la trilogía, pues no me queda nada que hacer. Han visto todo. Puedo morirme en paz.

Para cerrar, os dejo Summerwine, inolvidable tema de Nancy Sinatra que recientemente versionara Lana del Rey, uno de los temas de la banda sonora del largometraje.

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