Cine/Lecturas

De la serie «Encuentros con Fitzgerald»

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Puedo apostar que mi padre, con su mala memoria, no se acordará de cuando, siendo yo adolescente, me regaló París era una fiesta (A Moveable Feast: 1964), las memorias parisinas de Ernest Hemingway durante los años veinte, en compañía de los colegas de la Generación Perdida. Yo andaba buscando Adiós a las armas, así que acudí a la única biblioteca familiar donde había de todo como en botica, la de mi papá, que se desplegaba, ubicua y dadivosa, en la sala del apartamento del segundo piso, en el cuarto, en un viejo armario del garaje y en un curioso mueble de la habitación de mi abuela Gladys que todos llamaban el chiforrover. Sus tesoros en bolsas de nylon a salvo del polvo. Mas en lugar de Adiós a las armas, que después terminé comprando en una librería de libros usados, recibí París era una fiesta, un volumen habitado por nombres ignotos, escritores en perenne crisis con sus mujeres, con su profesión y las cuentas, cuyas desventuras de exiliados en el Viejo Mundo leí con indiferencia. Naturalmente, con los escasos años de mi cerebro de provincia, alimentado por la confortable candidez de la literatura de las hermanas Brontë, Orgullo y prejuicio y Mujercitas, poco podía saber de Joyce, Pound o Fitzgerald. La literatura anglosajona era poco divulgada en un país donde se seleccionaba con pinzas lo que había que publicar, no fuera a ser que a la gente le vinieran a la cabeza extrañezas y absurdidades.

París era una fiesta fue entonces mi primer encuentro con la figura de Scott Fitzgerald. Un encuentro no muy feliz, pues Hemingway, me parece, no fue del todo benévolo con buen amigo, un hombre solo dos años mayor que ya parecía un escritor acabado. Bebía, despilfarraba dinero, trabajaba poco. Era hipocondríaco y un poco histérico. Y, naturalmente, todo era culpa de Zelda, su mujer, cuyo tenor de vida desviaba a Scott de la recta vía, empujándolo a fiestas y banalidades varias.

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F. S. Fitzgerald y Zelda en París

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El segundo encuentro se produjo, de algún modo, por la fotografía. El 2013 fue el año de mi obsesión con la obra de Edward Steichen y de Jacques Henri Lartigue, lo que me llevó a cebarme con todo tipo de información referente a los años veinte. Es obvio que antes o después iba a terminar en Fitzgerald.

En 1920 Francis Scott Fitzgerald, un joven escritor de veinticuatro años originario del Minnesota, publicó una novela, A este lado del paraíso (This Side of Paradise), que lo convertiría en el ídolo de una generación y, por qué no, de una nación. La década del veinte era un tiempo de optimismo, («una era de milagros», la llamaría Fitzgerlad)[1] y la gente, mimada por el boom económico, se alimentaba de héroes precoces que le recordaban que en tiempos de prosperidad todos los sueños eran posibles. Así, Fitzgerald y, de reflejo, también su esposa Zelda Sayre,  jóvenes, hermosos y nuevos ricos, pasaron del anonimato a la categoría de novios de América. Conociendo el gusto frágil de las masas, no era difícil imaginar que con la misma brevedad que los había coronado, aquella era loca y milagrosa que duró poco menos de una década (como el esplendor literario de su mejor retratista), los devoró: en 1929, cuando se produjo el llamado Crash, el escritor perdió gran parte de su dinero y en 1930 la esquizofrenia que posteriormente diagnosticarían a Zelda comenzó a dar sus primeras crisis. Mientras tanto, el éxito había comenzado a menguar, Fitzgerald bebía para conciliar el sueño y se prostituía para Hollywood: «(…) la novela, que en mi madurez era el medio más fuerte y manejable para transmitir pensamiento y emoción de un ser humano a otro, estaba subordinada a un arte mecánico y público que (…) solo era capaz de reflejar los pensamientos más triviales, las emociones más obvias»[2], escribiría desencantado en 1936. Cuando moriría de un infarto, cuatro años más tarde, a la temprana edad de cuarenta y cuatro años, Fitzgerald era un hombre solo, alcohólico y endeudado y había escrito tres o cuatro textos autobiográficos confesando el fracaso total de una vida promitente. Como el principiante de veinte años atrás, era rechazado por el mundo editorial y trasladado por Hollywood de un guion a otro como un títere. Desde entonces, Francis Scott Fitzgerald ha quedado en la memoria como una especie de mártir de su tiempo (no hay dudas de que tendemos a justificar por el solo mérito del genio, las debilidades humanas), un hombre frágil que no pudo afrontar la pérdida de la ilusión que sacudió su época y su vida paralelamente.

Portada de la primera edición de «A este lado del paraíso»

Portada de la primera edición de «A este lado del paraíso»

Así me encontré a Fitzgerald unos cuantos años después de aquel ya lejano y no del todo invitante encuentro en las páginas de Hemingway. En aquel período ya se hablaba de la adaptación de Baz Luhrman de la novela símbolo de su carrera. Previendo el futuro estreno, decidí descargarme de Internet una copia de El gran Gatsby, pésima, de esas repletas de unos fastidiosos garabaticos al puesto de las eñes y los acentos. No obstante, la leí con avidez aprovechando las largas horas de autobús a las que me sometía diariamente para llegar a mi trabajo y volver a mi casa.

La mayoría de nosotros, aunque tal vez no la ha leído, conoce la trama de esta novela, narrada por Nick Carraway, un joven corredor de bolsa originario de Minnessota. En el verano de 1922, Nick se munda a West Egg, Long Island, en las afueras de Nueva York. Allí reencontrará a su prima Daisy Buchanan, que vive con su marido Tom en East Egg, al otro lado de la bahía, y conocerá a Jay Gatsby, su misterioso vecino, antiguo pretendiente de Daisy que sueña con reconquistarla (reconquistarla y ser aceptado en el mundo de ella, ahora que podía permitírselo porque tenía dinero, ya no necesitaba ocultar quien era bajo un uniforme de soldado). Nick ayudará a Gatsby a cambiar el pasado y asistirá al fin trágico de los acontecimientos, pues Daisy no solo no lo corresponderá con desmesura idéntica a la de su amor platónico, sino que lo abandonará a la peor suerte. Gatsby devendrá, así, la cabeza de turco sacrificada por los pecados de Daisy y de su marido. Sus culpas: el idealismo; el exceso de esperanza; una confianza exagerada en el poder de la propia voluntad para cambiar destinos ya escritos; una gran ambición, mas carente de la malicia que pudiera hacer frente a la hipocresía y crueldad de aquel mundo.

De algún modo, como las del propio Fitzgerald.  Y, de hecho, en Jay Gatsby hay mucho de su autor. «… Gatsby comenzó siendo una persona que conocía y después se ha convertido en mí mismo», escribió en una carta de 1925 a John Peale Bishop. Como su personaje, Fitzgerald era un ambicioso ex soldado de mediana extracción que, como tantos después de la Guerra, llegaría desde el Oeste a Nueva York en busca de fortuna. Trabajaba en publicidad y soñaba con salir de la pobreza (una pobreza tal vez un tanto exagerada por su temperamento sentimental) mientras esperaba preocupado la próxima misiva de Zelda, que habría de llegar desde Alabama. Necesitaba hacer dinero para poder casarse con su chica rica. En «Tómese con cuidado» (La era del jazz), Fitzgerald alude vagamente a un amor condenado por la falta de dinero, al que un día Zelda había decidido poner fin (su padre, un juez de la Corte Suprema de Alabama, había considerado que Scott no era el candidato idóneo). Él se había encerrado entonces a escribir aquella novela que se vendería como pan caliente y que, ya un hombre próspero y famoso, le permitiría contraer matrimonio un año más tarde con la mujer de sus sueños. Por así decirlo, Francis Scott Fitzgerald era la prueba en carne y hueso de la veracidad del sueño americano. Y como Gatsby, creería haber encontrado el pasaporte al país de los ricos. Como su autor, aunque por medios diferentes (en este caso el contrabando), James Gatz, un ex soldado hijo de campesinos, había subido como la espuma, deviniendo Jay Gatsby, un misterioso millonario de dudoso origen cuyas fiestas encarnan el espíritu disipado que encontramos en las descripciones de «Ecos de la Era del Jazz». Por lo que, en un inicio, también él encarnaba el sueño americano que consumía las pobres almas de tantos y tantos jóvenes de aquella era optimista. El dinero les permitiría, cual a Gatsby, cambiar de vida como cambiar de nombre. Sin embargo, sucumbían víctimas de su propio sueño, desenmascarando, por ende, la gran mentira americana. En aquel período de espejismos, la movilidad económica que vivía el país prometía a la gente la movilidad social. Mas la sociedad continuaría rígida e impasible, y los ricos seguirían en su mundo privilegiado, mientras los ilusos sin pasado ilustre, como Gatsby, caerían por el peso de su romanticismo.

F. S. Fitzgerald, Zelda y su hija Scottie. Hotel Cavalier, Virginia, 1927

F. S. Fitzgerald, Zelda y su hija Scottie. Hotel Cavalier, Virginia, 1927

Tras pocos meses, en Venezuela se estrenó finalmente la tan esperada nueva versión cinematográfica de El gran Gatsby. Dirigida por el australiano Baz Luhrman, en los roles protagónicos figuraban Leonardo Di Caprio y Carey Mulligan. Con el libro aún en la cabeza, acudí lo antes posible al cine. Quiso el destino que me tocara visionarla en una de las salas de cine del  centro comercial Lido, en Caracas, cuyo aire acondicionado había sufrido un ligero percance. Y, en efecto, solo por amor del arte y por ver a Carey Mulligan en los paños firmados Miuccia Prada de Daisy Buchanan fui capaz de aguantar aquella sauna de dos horas y veintitrés minutos, que espero haya hecho mella solo en mi piel y no en mi razón.

La versión de Luhrman es, como todo su cine, un poco frenética. Y, tal como aquel Romeo + Julieta del lejano 1996, un must de mi adolescencia, este Gatsby es la relectura posmoderna de un clásico desde una contemporaneidad atestado de influencias visuales. El equivalente cinematográfico de esos servicios fotográficos de Vogue que revisitan el pasado de la fotografía de moda en la revista desde el eclecticismo del presente, experimentos indudablemente bellos. Y no hay dudas de que la película de Luhrman será recordada como una de las más glamorosas de la historia, como Funny Face o El diablo se viste de Prada. Por otra parte, la película se esfuerza por recrear la Era del Jazz como la describía Fitzgerald en «Ecos de la Era del Jazz» y ha pasado al presente: una era veloz de prosperidad económica, glamour rampante y libertinaje. Cosa que con toda seguridad no puede decirse de la versión de 1974, que vi posteriormente, esta vez desde la cómoda poltrona de mi oficina durante la hora de cine que solíamos hacer mis compañeras y yo durante el almuerzo: un tímido guion de Francis Ford Coppola que dirigiera el británico Jack Clayton y cuyos protagonistas eran Robert Redford en el rol de Jay Gatsby y Mia Farrow en el de Daisy Buchanan. Una elección fallida, esta última, a mi modo de ver. Tal vez un personaje ambiguo e hipócrita como Daisy hubiera necesitado de una actriz más compleja y, por qué no, con otro tipo de belleza. Por otra parte, el pobre Fitzgerald se revolvería en su tumba al escuchar la voz repelente de la Farrow, después de tanto recalcar que uno de los precios de Daisy era su voz, seductora como la cosa más seductora del mundo: el dinero.

Robert Redford y Mia Farrow en una escena de «El gran Gatsby»

Robert Redford y Mia Farrow en una escena de «El gran Gatsby»

La versión de Clayton, en suma, es la clásica adaptación cinematográfica sin relecturas, la repetición pausada (y desmejorada) de una novela sacra que se temía estropear. La de Luhrman, aunque mantiene la esencia de la trama, se toma sus licencias en la puesta en escena. No sé si preferir el experimento del último o la aspirada lealtad del primero. En cualquier caso, el problema de ambas (y quizás de cualquier versión que se haga de este libro) es que lo que dejan es un suspiro de pena por un pobre amor frustrado. Cuando El gran Gatsby no es solo una historia de amor frustrada.

En una carta a su caro amigo Edmund Wilson, fechada en 1925, Fitzgerald se lamenta: «El peor error ha sido, pienso, (…) no haber dado ningún relieve (y no haberlo percibido ni sabido) a las relaciones emotivas entre Gatsby y Daisy desde el momento de su encuentro hasta la catástrofe». Seguidamente, menciona que un amigo suyo ha considerado la historia central de la novela trivial y anecdótica. Me pregunto si dicho vacío no haya sido, en realidad, una gran ganancia para El gran Gatsby. No porque escribir de amor sea banal, sino porque lo demás es tan o más interesante. Y probablemente era de «lo demás» que quería hablarnos Fitzgerald. De la sociedad norteamericana: hendida en dos, en la bahía del Este los ricos de cuna, en la del Oeste, los nuevos ricos (metáfora una nación que se dividía entre un Este sofisticado y un Oeste en bruto), indignos de considerarse tales. Por debajo de ellos, la gente común, que como humanoides arrastran la cruz de su origen en medio de la fealdad, ese espacio casi dantesco que es el Valle de las Cenizas. Fitzgerald quiso una vez más ahondar en la sicología de los ricos, capturar aquel modo de ser y aquel mundo que siempre lo habían fascinado y obsesionado. Y, al mismo tiempo, denunciar su falsedad y su gran indolencia. El triste final de Gatsby es, así, una suerte de vaticinio para aquellos ingenuos que creían poder ignorar el inamovible esquema de la sociedad burguesa americana, así como la constatación de que, contrario a lo que se creía, en aquel mundo, como en este, no había lugar para los soñadores. ¡Si no lo sabremos nosotros! Jay Gatsby no es ni el primero ni el último. Todos hemos sido víctimas al menos una vez de un sueño demasiado grande. Mas, desgraciadamente, la especie soñadora que somos seguirá buscando en la oscuridad aquella luz verde. No importa cuán lejana e intangible, nos basta creer en su existencia para despertarnos, a pesar de los palos de la vida y de las leyes de Murphy, y del cinismo de nuestros días, con un nuevo sueño equivocado entre ceja y ceja.

Por último, no es de desechar la crónica de los años veinte. En este libro, Fitzgerald dibuja, quizás como no lo había hecho ninguno de sus contemporáneos, un cuadro categórico de la Era del Jazz, de su derroche y despreocupación, de su culto del presente, su apertura sexual y su nuevo modelo de mujer, del cual Jordan Baker, independiente y libertina, representa el prototipo. Y, pudiera decirse, también anuncia su fin. Un día cualquiera, se acabarían los millonarios cohetes. Y aquel verano fugaz (como el del romance de Gatsby y Daisy) en la historia de los Estados Unidos daría paso a un larguísimo otoño: la Gran Depresión. La ilusión pronto daría paso al desencanto, como en la propia vida de Francis Scott Fitzgerald. Después del París de 1925, de la publicación de El gran Gatsby, su época cambió de opinión acerca de sus libros, desechando a priori su próxima gran novela: Suave es la noche (Tender is the Night: 1934). Y así, con suavidad, Scott se deslizó al abismo, escribiendo con su propia vida, tal como lo había hecho en sus historias, que tras la más suntuosa fiesta, arriba la soledad de una noche de insomnio.

 

[1] «Ecos de la Era del Jazz», en La Era del Jazz: p. 10.

[2] «Tómese con cuidado», en La Era del Jazz: p. 76.

 

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